La expresión de ella no se alteró. Miró a su alrededor, a los picos de la cadena del Karakorum, y luego volvió a Rob.

—Lo sé. —Frunció la boca—. Concédeme algo de inteligencia. Admito que he venido a hablar de negocios, pero se trata de circunstancias especiales. En primer lugar, tienes mi palabra de que no estamos intentando pisar a nadie ni peleando por tu talento. No queremos construir un puente, al menos no uno corriente. En segundo lugar, esto no puede manejarse si no es con un intermediario. —Miraba atentamente la expresión de Rob—. El hombre para el que trabajo no está aquí porque no puede. Jamás sobreviviría a un viaje a la superficie de la Tierra. Darius Regulo está enfermo desde hace más de cuarenta años.

—¡Regulo! —Rob mostró su primera señal de interés—. ¿Me estás diciendo que trabajas para Darius Regulo?

—Así es. El Rey de los Cielos en persona, y quiere verte.

Rob miró la nave.

—¿Él te ha pedido que me dijeras todo esto?

—No. —Sacudió la cabeza, y los cabellos castaños acompañaron el movimiento—. Todavía no conoces a Regulo. Jamás daría una orden de ese tipo. No es su estilo. «Ve allá abajo», me ha dicho. «Impide que ese tonto se mate en la montaña y tráelo para hablar conmigo». Ésas son todas las instrucciones que me ha dado. Nunca diría a nadie cómo hacer un trabajo; dice que para eso paga a la gente. Lo que le importa son los resultados. —Notó que Rob miraba la nave—. Como ingeniero que eres, deberías conocer a ese hombre.

Rob miró el camino que le esperaba y luego a la mujer.

—No me engañes. Si voy contigo, ¿iremos directamente a ver a Regulo?

—Eso he dicho.

—Bien. —Rob caminó hasta la nave y arrojó la mochila a la parte de atrás—. Ignoro cómo lo has sabido, pero este asunto sí me tienta.



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