Ella aún sonreía para sus adentros cuando los dos subieron juntos a la cabina: la mujer en los controles y Rob detrás de ella junto al equipo de la cámara. Miró todo con curiosidad, y luego descubrió la pantalla de televisión al otro lado de la cabina.

—Ahora entiendo eso de que no me habías quitado los ojos de encima. ¿Has tenido ese telescopio todo el tiempo enfocado sobre mí?

Ella asintió sin mirarlo.

—Da una imagen muy buena.

Rob refunfuñó.

—No lo dudo. No creo tener ningún secreto ya para ti. Escucha, estoy aquí, me has pescado con el nombre de Regulo. Pero, ¿quién eres tú y por qué le intereso?

—Yo soy Cornelia Plessey. No te molestes porque te haya estado observando. Me dijeron que estuviera pronta a asistirte si tenías algún problema en la K-2. Piensa en mí como en un intermediario.

Fijó una ruta y colocó el piloto automático, y luego giró en la silla para mirar a Rob. Sonreía. Él escudriñó su rostro, buscando finas cicatrices indicadoras de un rejuvenecimiento. No había ninguna. ¿Sería de verdad tan joven como parecía? No era coherente con su manera de comportarse.

—Tengo veintiséis años —dijo ella, interpretando la mirada de él—. Pero no te preocupes, tengo toda la autoridad que hace falta; podemos hablar de dinero, si es lo que más te interesa. Regulo me deja decidir con qué tentarte, ya sea mucho dinero, mi cuerpo, mi cerebro o cualquier otra cosa que funcione… Lo único que debo decirte es que Regulo quiere hablar contigo de un proyecto que hará que todos los otros proyectos en los que has trabajado parezcan juegos infantiles. Cuando sepas de qué se trata, el dinero será lo de menos.

Rob levantó las cejas. Eran oscuras y espesas, y ocultaban sus ojos profundos.

—Y supongo, por coincidencia, por supuesto, que al final de cuentas su proyecto tendrá que ver con la utilización de la Araña.



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