Se preparó para desplegar el paracaídas de freno delantero y dispuso las bolsas de aire para que se soltaran un instante antes del impacto contra el suelo. La nave caería en tierra, a dos mil metros por encima del nivel del mar, sobre el casquete polar. El Satélite de Búsqueda y Rescate también calculó una trayectoria y envió una confirmación del punto de llegada estimado. Ya se habían dirigido mensajes a los equipos de tierra del Sistema de Búsqueda y Rescate más cercanos, indicándoles el número de pasajeros y tripulantes, edades y estados físicos.

No hubo tiempo de pensar en nada. Julia Merlin y los otros pasajeros yacían recostados en sus asientos, indefensos, mientras la nave caía como una piedra a través del largo día de un noviembre antártico. La caída desde veintisiete mil metros con el freno desplegado duró seis minutos; lo suficiente como para volver a respirar, a desesperarse, y por fin a tener esperanzas.

Casi lo lograron. Si el impacto hubiera sido sobre nieve virgen en vez de sobre hielo duro y compacto, el avión habría quedado intacto. Pero se abrió a lo largo, arrojando a algunos de los pasajeros y artefactos sobre la dura superficie. Las bolsas de aire habían amortiguado bastante el golpe, de modo que los pasajeros más afortunados se encontraron atontados pero ilesos dentro del avión destrozado, que avanzó todavía deslizándose y dando tumbos para detenerse al pie de una escarpada colina de hielo.

Julia Merlin fue uno de los desafortunados. La parte del avión donde estaba recostada se prensó verticalmente cuando el ala derecha cayó y la nave rodó sobre ese costado. Una abrazadera de metal del techo de la cabina cayó sobre ella, la alcanzó en la frente y la arrojó fuera del avión. Su cuerpo se deslizó durante unos cuatrocientos metros hasta que los restos de la nave detuvieron su caída.

Su cuerpo, en parte protegido por los restos de la bolsa de aire, quedó boca arriba, sangrando sobre el hielo.



6 из 269