
Rob Merlin volvió a meter la cabeza dentro del saco y comenzó su lenta y cuidadosa preparación para el esfuerzo de ese día, tal y como había hecho los once anteriores. Su mente estaba alerta. Ahora debía desentumecer sus manos. Esto le llevó quince minutos de ejercicio rítmico y permanente, hasta que quedó satisfecho con la coordinación. Veinte minutos más tarde soltaba los clavos que sujetaban el traje de escalada a la roca, los guardaba en la mochila y comenzaba un cuidadoso ascenso. A esa altura, la apariencia de la superficie de la roca era engañosa. Cada lugar donde apoyaba una mano debía ser examinado, cada pico que clavaba debía ser probado antes de hacer otro movimiento. Había estudiado la mejor ruta para escalar la montaña durante tanto tiempo que la elección de dirección y movimiento había dejado ya el nivel de sus pensamientos conscientes. Y eso era peligroso. No hay estudio previo que pueda predecir las rocas que se desprenden o la capa de hielo que avanza. Cuando resultaba necesario, cambiaba el camino, yéndose hacia la derecha o hacia la izquierda, pero siempre subiendo.
Para el mediodía ya había llegado al último campo de hielo, de suaves ondulaciones, que llevaba a la cumbre. Se detuvo allí, mirando a su alrededor a la cordillera Karakorum. Gracias al aire claro y transparente podía ver a una distancia de ciento cincuenta kilómetros. Los picos cubiertos de nieve se perdían hacia el infinito, aumentando hacia el sudeste, donde se encontraba el Everest, a más de mil kilómetros. Con los ojos fijos en los escarpados picos se bajó la máscara, aflojó el tubo de oxígeno que desde la mochila llegaba a su boca y comenzó a ingerir una comida fría de concentrados disecados.
Hacia el sur, volando casi tan alto como el sol del mediodía, había una nave.
