– ¿Seguiste inventando mixturas?

– Sí -dijo Ariane en tono algo decepcionado-, montones, pero sin grandes logros hasta ahora. ¿Te acuerdas de la Violina? Un huevo batido, menta y vino de Málaga.

– Yo nunca quise probar esa cosa.

– Pues dejé la Violina. Iba bien para los nervios, pero resultaba demasiado energética. Probamos muchas mezclas en Le Havre.

– Menos una.

– Vaya.

– La mezcla de los cuerpos. Ésa no la probamos.

– No. Yo todavía estaba casada y era abnegada como un perro enfermo. En cambio, formábamos un dúo perfecto para los informes que dábamos a la policía.

– Hasta que…

– Hasta que a un joven cretino llamado Jean-Baptiste Adamsberg se le metió entre ceja y ceja que el alcalde de Le Havre había sido asesinado. Y ¿por qué? Por diez ratas muertas que habías encontrado en un almacén del puerto.

– Doce, Ariane. Doce ratas desangradas de una cuchillada en el vientre.

– Bueno, pues doce. Dedujiste que un asesino ejercitaba su valor antes de llevar a cabo el ataque definitivo. Y había otra cosa. Te pareció que la herida era demasiado horizontal. Dijiste que el alcalde debería de haber sujetado el sable más inclinado, de abajo arriba. A pesar de que estaba borracho como una cuba.

– Y tiraste mi vaso al suelo.

– Le había dado un nombre, maldita sea, a esa granadina con cerveza.

– La Granalla. Hiciste que me echaran de Le Havre y entregaste el informe sin mí: suicidio.

– ¿Qué sabías tú de esas cosas? Nada.

– Nada -reconoció Adamsberg.

– Ven a tomar un café. Así me cuentas lo que te preocupa de tus cadáveres.

IV

El teniente Veyrenc había sido asignado a esa misión hacía tres semanas, y lo habían metido en un trastero de un metro cuadrado para garantizar la protección de una mujer joven a quien veía pasar por el rellano diez veces al día. Y esa mujer lo conmovía, y esa emoción lo contrariaba. Se revolvió en la silla buscando otra posición.



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