
No tenía por qué preocuparse, eso no era más que un grano de arena en el engranaje, una astilla en el pie, un pájaro en el motor. El mito según el cual un solo pajarillo, por encantador que fuera, podía hacer estallar la turbina de un avión era una pura memez, una de las muchas que los hombres saben inventarse para meterse miedo. Como si no tuvieran suficientes preocupaciones. Veyrenc espantó el pájaro de un manotazo mental, destapó su estilográfica y se dedicó a limpiarla con esmero. No tenía otra cosa que hacer, de todos modos. El edificio estaba sumido en el silencio.
Volvió a tapar la estilográfica, la enganchó en su bolsillo interior y cerró los ojos. Hacía quince años, día por día, que se había quedado dormido a la sombra prohibida del nogal. Quince años de duro trabajo que nadie podría quitarle. Al despertar, se había curado la alergia a la salvia del árbol y, con el tiempo, había ido domesticando sus terrores, había trepado hasta las fuentes de los tormentos para erradicar las turbulencias. Quince años de esfuerzos para transformar a un chico de torso hundido y que escondía su cabello en un cuerpo robusto y un alma sólida. Quince años de energía para dejar de revolotear como vulnerable descerebrado por el mundo de las mujeres, que lo había dejado ahíto de sensaciones y saturado de complicaciones. Al ponerse en pie bajo ese nogal, se había declarado en huelga como un obrero exhausto, iniciando una jubilación precoz. Alejarse de las crestas peligrosas, aguar el vino de los sentimientos, diluir, dosificar, quebrar la compulsión de los deseos. Y no le iba nada mal, a su parecer, lejos de los líos y del caos, cerca de cierta serenidad ideal. Relaciones inofensivas y pasajeras, natación cadenciosa hacia su objetivo, labor, lectura y versificación, estado casi perfecto.
Había alcanzado su meta, lograr que lo destinaran a la Brigada Criminal de París, encabezada por el comisario Adamsberg.
