Estaba satisfecho, pero sorprendido. Reinaba en ese equipo un microclima insólito. Bajo la dirección poco perceptible de su jefe, cada agente dejaba crecer su potencial a su manera, abandonándose a humores y caprichos sin relación alguna con los objetivos establecidos. La Brigada había acumulado resultados indiscutibles, pero Veyrenc seguía siendo muy escéptico. A saber si esa eficacia era el resultado de una estrategia o un fruto caído de la providencia. Providencia que hacía la vista gorda, por ejemplo, al hecho de que Mercadet hubiera instalado cojines en el piso de arriba y durmiera allí varias horas al día, al hecho de que un gato anormal defecara sobre las resmas de papel, de que el comandante Danglard ocultara vino en el armario del sótano, de que hubiera por las mesas documentos que no tenían nada que ver con la investigación, como anuncios inmobiliarios, listas de la compra, artículos de ictiología, reproches privados, prensa geopolítica; todo el espectro de colores del arco iris, por lo poco que llevaba visto en un mes. Ese estado de cosas no parecía molestar a nadie, salvo quizá al teniente Noël, un tipo brutal que no encontraba nadie a su gusto. Y que, ya el segundo día, le había hecho una observación ofensiva sobre su pelo. Veinte años antes, eso lo habría hecho llorar, pero ahora le importaba un bledo, o casi. El teniente Veyrenc se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en la pared. Fuerza inasequible enroscada en una materia compacta.

En cuanto al comisario, le había costado identificarlo. De lejos, Adamsberg no parecía gran cosa. Se había cruzado varias veces con ese hombre de poca estatura, cuerpo nervioso y movimientos lentos, rostro de relieves heterogéneos, ropa arrugada y mirada a juego, sin imaginar que se trataba de uno de los elementos con más fama, buena o mala, de la Brigada. Hasta sus ojos parecían no servirle para nada. Veyrenc esperaba una entrevista oficial con él desde el primer día. Pero Adamsberg no se había fijado en el teniente, mecido por algún chapoteo de pensamientos profundos o vacuos. Era posible que pasara un año entero sin que el comisario se diera cuenta de que su equipo contaba con un nuevo miembro.



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