Los demás agentes, por su parte, no habían dejado escapar la oportunidad de cazar al vuelo la ventaja considerable que suponía la llegada de un Nuevo. Por eso se encontraba escondido en el cuartucho, en el rellano del séptimo piso, ejerciendo una vigilancia aplastante de aburrimiento. Según las normas, deberían haberlo relevado regularmente, y así había sido al principio. Pero luego los relevos habían ido espaciándose, so pretexto de que uno era propenso a la melancolía, otro al sueño, otro a la claustrofobia, a las impaciencias, a las dorsalgias, de modo que ahora era el único en montar guardia, desde la mañana hasta la noche, sentado en una silla de madera.

Veyrenc estiró las piernas como pudo. Ése era el sino de los novatos, y le importaba poco. Con la pila de libros a sus pies, el cenicero de bolsillo en la chaqueta, la vista del cielo por el ventanuco y su estilográfica en estado de uso, casi habría podido vivir feliz allí. Mente en reposo, soledad dominada, objetivo alcanzado.

V

La doctora Lagarde había complicado las cosas reclamando una gota de leche de almendras para mezclar con su cortado doble. Pero, por fin, las consumiciones acabaron llegando a la mesa.

– ¿Qué le ha pasado al doctor Romain? -preguntó mientras daba vueltas al líquido espeso.

Adamsberg alzó las manos en gesto de ignorancia.

– Tiene vapores. Como una mujer del siglo pasado.

– Vaya. ¿De dónde sacas ese diagnóstico?

– Del propio doctor Romain. No tiene depresión, no tiene patología. Pero se arrastra de un sofá a otro, entre siestas y crucigramas.

– Vaya -repitió Ariane frunciendo el ceño-. Y eso que Romain es un hombre activo, y un forense muy capaz. Le gusta su trabajo.



17 из 318