
– Sí. Pero tiene vapores. Estuvimos dudando mucho tiempo antes de sustituirlo.
– ¿Y por qué me has hecho venir?
– Yo no te he hecho venir.
– Me han dicho que la Brigada de París me reclamaba a voz en grito.
– No fui yo, pero me vienes al pelo.
– Para quitarles esos dos chicos a los estupas.
– Según Mortier, no son dos chicos. Son dos pringados, y uno de ellos negro. Mortier es el jefe de los estupas, no nos llevamos bien.
– ¿Por eso no quieres pasarle los cuerpos?
– No, no soy adicto a los cadáveres. Pero se da la circunstancia de que estos dos son cosa mía.
– Ya me lo has dicho. Cuéntame.
– No se sabe nada. Los mataron la noche del viernes al sábado en Porte de la Chapelle. Para Mortier, eso significa necesariamente drogas. De hecho, para Mortier, los negros sólo se dedican a la droga, hasta se pregunta si saben hacer otra cosa en la vida. Y está esa marca de pinchazo en el brazo.
– Ya lo he visto. Los análisis no han dado ningún resultado. ¿Qué esperas de mí?
– Que busques y me digas lo que había en la jeringuilla.
– ¿Por qué rechazas la hipótesis de la droga? No será porque no la hay en La Chapelle.
– La madre del negro asegura que su hijo no la tocaba. Ni consumía ni vendía. La del blanco no sabe.
– ¿Tú sigues creyendo en la palabra de las ancianas madres?
– La mía siempre dijo de mí que tenía la cabeza como un colador, que hasta se podía oír el viento entrar por un lado y salir por el otro, silbando. Tenía razón. Además, ya te lo he dicho: los dos tienen las uñas sucias.
– Como todos los indigentes del Mercado de las Pulgas.
Ariane decía «indigentes» con ese tono de compasión propio de los grandes indiferentes, para quienes la miseria es un hecho y no un problema.
– No es mugre, Ariane, es tierra. Y esos tipos no cuidaban ningún jardín. Vivían en habitaciones destartaladas, sin luz y sin calefacción, de las que la ciudad ofrece a los necesitados. Con sus ancianas madres.
