– Hay que ver qué lástima -dijo Yolande abriendo la puerta-, criar un niño sola.

Todos los días, la vieja Yolande lanzaba ese lamento. Camille entraba, dejaba la compra y las cartas sobre la mesa. Luego, a saber por qué, la anciana le preparaba leche caliente, como a un bebé.

– No crea que sola se está tan mal, así estoy más tranquila -contestaba mecánicamente Camille, mientras se sentaba.

– Tonterías. Una mujer no está hecha para estar sola. Aunque luego los hombres sólo traigan complicaciones.

– ¿Sabe, Yolande? Las mujeres también traen complicaciones.

Había mantenido esta conversación cientos de veces, casi palabra por palabra, sin que Yolande pareciera recordarlo. Llegadas a ese punto, la respuesta sumía a la gruesa mujer en un silencio meditativo.

– Así las cosas -decía Yolande-, estaríamos mejor cada cual por su lado si el amor sólo trae disgustos a unos y a otros.

– Puede ser.

– Pero, hija, tampoco te hagas mucho la valiente. Porque en el amor una no siempre hace lo que quiere.

– Pero entonces, Yolande, ¿quién hace por nosotros lo que no queremos?

Camille sonreía, y Yolande inspiraba ruidosamente a modo de respuesta, mientras su pesada mano pasaba una y otra vez por el mantel, en busca de una miga inexistente. ¿Quién? Los Poderosos, completaba Camille en silencio. Sabía que Yolande veía en todo la marca de los Poderosos-que-nos-gobiernan, cultivando una pequeña religión pagana personal de la que hablaba poco, por miedo a que se la robaran.

Camille aminoró el paso a ocho peldaños de su puerta. Los Poderosos, pensó. Que le habían encasquetado a un tipo de sonrisa sesgada en el trastero de su rellano. No era más guapo que los demás, si no se fijaba una en él.



26 из 318