Sus colegas, liberados de la turbación, lo felicitarían. Ahora que la muerte había sustituido al sexo como gran innombrable, ésta había originado sus propios miramientos: morir cuando todavía no te habías convertido en una molestia y antes de que tus amigos tuvieran motivos para entonar el canto ritual del «justo descanso» era de pésimo gusto.

No obstante, por ahora no estaba seguro de poder reconciliarse con su trabajo. Tras haberse resignado al papel de espectador, y a dejar pronto de ser siquiera eso, no se sentía preparado para regresar al ruidoso terreno de juego del mundo, y, si era necesario, estaba decidido a buscarse un rincón menos violento dentro de sí mismo. No era un tema que hubiera meditado profundamente en sus períodos de consciencia; no había tenido tiempo. Se trataba más de una convicción que de una decisión. Había llegado el momento de cambiar de orientación. Sentencias judiciales, rigidez cadavérica, interrogatorios, contemplación de carne en descomposición y huesos aplastados, el ingrato trabajo de perseguir criminales, todo había terminado para él. Había otras cosas en que invertir el tiempo. Todavía no estaba seguro de qué cosas, pero las encontraría. Tenía más de dos semanas de convalecencia por delante, tiempo para tomar una decisión, racionalizarla, justificarla, ante sí mismo y, lo que era más difícil, encontrar palabras con que tratar de justificarla ante el gobernador. Era mal momento para dejar Scotland Yard. Lo considerarían una deserción. Pero siempre sería mal momento.

No estaba seguro de si el desencanto de su trabajo se debía únicamente a la enfermedad, benéfico recordatorio de la inevitable muerte, o si se trataba del síntoma de un malestar más profundo, de haber entrado en esa región de la mitad de la vida en la que las calmas alternan con los vientos inciertos y uno se da cuenta de que las esperanzas aplazadas ya no son realizables, de que los puertos que no se han visitado no se verán jamás, de que esta travesía y otras anteriores pueden haber sido un error, de que uno ya no confía ni en brújulas ni en cartas de navegación.



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