En tiempos de mi bisabuelo, rodearon la primitiva granja familiar con una aguda empalizada de madera, a guisa de muralla defensiva; y adosado a la antigua vivienda erigieron un torreón, capaz de albergar al jefe de familia, a ésta y a sus pequeños dignatarios y semiguerreros. Cuando yo nací, todo permanecía igual que entonces: nadie había llevado a cabo mejora ni destrucción alguna (cosa que, dados los tiempos, ya era suficiente). Entre las muchas cualidades que antaño ornaran a mi padre, se contaba la de haber sido muy estimable cazador. Y así, el suelo de su estancia, en lugar de cubrirse del acostumbrado heno, aparecía revestido con pieles de todas clases: desde el corzo al lobo, pasando por el zorro y varias especies de alimañas; amén de otros bellos y cándidos moradores del bosque. Y al igual que el suelo, excusa decir el lecho y las paredes. El resto del torreón y sus estancias eran más bien lóbregas, destartaladas y llenas de mugre.

En el recinto, además de la granja propiamente dicha, había una herrería, cuyo maestro forjó las armas de mi padre y las de sus hijos; un molino, un cobertizo y taller para curtir pieles, un establo, la caballeriza y algunas chozas para la gente que cuidaba de estas cosas. Entre los habitantes de nuestra casa, el más sobresaliente era, sin duda alguna, uno que dio en llamar mi padre -y como tal cumplió funciones respecto a sus hijos, mientras allí moramos- su maestro de armas. Surgió un buen día del tropel errabundo que nos rondaba: ex-guerrero, derrotado en imposible lucha contra la vejez, lenguaraz, astuto, embustero (y acaso verdadero superviviente de una desaparecida gloria), fue la figura de mayor relieve en mi primera infancia. Tenía la cara hendida en dos porciones por una inmensa cicatriz, lo que le daba un curioso aspecto, ya que su perfil derecho semejaba el de una persona y el izquierdo el de otra.



4 из 189