
– Sí, pero…
– ¿Realmente crees que puedes tener todo? -le preguntó él, interrumpiendo su protesta.
Abbie se dio cuenta de que estaba enfadado realmente.
– Sé que la mayoría de tus amigas se arreglan teniendo niñeras y viviendo de crisis en crisis. Pero no desaparecen durante dos semanas cuando les surge una tentadora oferta de trabajo.
– ¡Y yo tampoco! Nunca me voy a ningún sitio sin discutirlo contigo.
– Pero te vas. Ese ha sido el trato. Bien sabe Dios que te echo de menos cuando estás fuera. No es ninguna novedad. Pero hicimos una elección al principio de nuestra relación. Tú me pediste tiempo, cinco años para encontrar un sitio y estabilizarte en tu profesión y me dijiste que luego te tomarías un descanso en tu trabajo.
– ¡No recuerdo haberlo firmado sobre una piedra!
De pronto, la discusión había subido de tono, pero ella no podía parar.
– ¡Yo… quiero tener un hijo ahora, Grey!
– ¿Por qué?
Ella le habría dicho que porque lo amaba y porque tener un hijo suyo sería lo más maravilloso que podría ocurrirle. Pero la expresión fría de Grey no la invitaba a semejante declaración.
Al ver que ella no contestaba, él contestó en su lugar.
– Porque todas tus amigas han decidido tener hijos.
– ¡Mentira!
– ¡Es una razón poco argumentada!
– ¡Dios mío! Odio que te pongas de abogado conmigo -dijo ella furiosamente-. ¿Qué harías si yo dejo de tomar la píldora directamente? -preguntó. E inmediatamente se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras. Pero ya era tarde.
– ¿Es un chantaje emocional, Abbie? -preguntó él, muy tranquilo-. ¿Es una declaración de intenciones?
Ella se sintió avergonzada. Siempre había considerado su matrimonio un asunto de dos. Ahora no parecían compartir los mismos deseos. Pero, evidentemente, la idea de un hijo tenía que ser una decisión de los dos. Un niño necesitaba el amor y el deseo de los dos padres.
