
– Llevo meses pensando en esto, Grey.
– Y ahora te has decidido y quieres informarme de tu decisión unilateral, ¿no?
– No es así, Grey. Yo… simplemente quería estar segura.
– Bueno. Yo también quiero estar seguro -dijo él.
Luego, como si quisiera suavizar el tono de la discusión, agregó:
– ¿Y qué pasa con tu carrera? Ahora estás empezando a ser reconocida.
– No tengo intención de dejar de trabajar, Grey -dijo ella, interrumpiéndolo.
¡Dios! Si su profesión era su única preocupación, entonces no habría problema.
– He pensado que si contratásemos una niñera podría arreglármelas para…
– ¡Maldita sea, Abbie! ¡Un niño no es un elemento más para que una mujer pueda demostrarse que es una superwoman! No quiero tener un hijo para que esté con una niñera desde los dos meses, mientras su madre esta metida de lleno en su vida profesional -dijo Grey. Y tiró la servilleta sobre la mesa, retiró la silla y se puso de pie.
– ¡No comprendes nada! -gritó ella-. ¿Por qué no quieres escucharme?
– Te he escuchado. Ahora me toca a mí pensar. Dices que has estado pensándolo durante meses. ¿Cuántos meses? Me parece que yo tengo derecho a pensármelo tanto como tú.
– No intentes escurrir el bulto, Grey. Hablo en serio.
– Yo también.
Se miraron un instante como si fueran extraños.
Luego Grey se encogió de hombros y dijo:
– Hablaremos de esto dentro de seis meses. Y ahora, como no tengo mucha hambre, iré a escuchar los mensajes del contestador.
Abbie se quedó en silencio donde estaba. No comprendía qué había pasado. Momentos antes habían estado compartiendo amablemente la cena y, de pronto, había estallado la tormenta.
«Bueno, la has armado bien, Abigail», pensó ella. De no ser porque lo conocía tanto, habría pensado que él no quería que ella tuviera un hijo suyo. Pero eso era ridículo. A Grey le gustaba la idea de estar rodeado de niños. Ella había sido la que había querido esperar por su profesión. Casi deseó no haber tenido tanto éxito en su trabajo…
