Con un profundo suspiro se decidió a levantar la mesa y luego recogió el bolso que aún estaba en la entrada. Si él había decidido trabajar, ella también lo haría. Mientras Grey se ocupaba de los mensajes, ella trabajaría en el ordenador. Pero antes insistiría en que él la escuchase.

Cabía la posibilidad de que él siguiera negándose a la idea de fundar una familia, pero por lo menos se enteraría de que ella no tenía intención de saciar su deseo de un bebé dejándolo en manos de una niñera para viajar a distintas partes del globo terráqueo cuando se lo propusieran. Si eso era lo que él pensaba, no le extrañaba que estuviera enfadado.

Grey estaba hablando por teléfono cuando ella entró en la habitación. En ese momento dejó de hablar y alzó la vista, tapando el aparato con una mano.

– Déjame que hable un minuto, Abbie, ¿de acuerdo? Es…

Ella cerró la puerta violentamente sin escuchar de qué se trataba.

– ¿Abbie? -Grey fue a su encuentro un rato después. La encontró cargando la lavadora.

– ¿Dónde está tu bolso, Grey? Debes tener ropa para lavar, si has estado fuera.

– En la habitación. Abbie, en cuanto a la llamada telefónica…

Ella no quería escuchar por qué tenía él necesidad de secretos de pronto cuando antes jamás los habían tenido. Sabía que gran parte de su trabajo era confidencial, pero siempre habían compartido el estudio; él confiaba en su discreción. O tal vez no se tratase de trabajo. La idea la hizo poner rígida. Abbie pasó delante de él y fue hacia el dormitorio, donde abrió la cremallera del bolso de Grey y comenzó a sacar la ropa.

Luego recogió la ropa que habían tirado al suelo mientras se duchaban. ¿Dos pares de vaqueros? Miró el par de vaqueros que acababa de sacar del bolso de Grey. ¿Qué clase de abogado llevaba vaqueros a los juicios? No solía ponérselos para trabajar. Tenía un ropero lleno de trajes que usaba para su trabajo. Y al levantar los vaqueros le llegó un leve aroma a humo de leña, que le recordó la cabaña.



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