Pero él, en cambio, se pasó los dedos nerviosamente por el pelo.

– Tuve que salir de viaje un par de días. Acabo de llegar.

– ¿Sí?

Era raro, pensó ella. Sintió que, así como le hubiera resultado lo mas natural del mundo echarse en sus brazos en el vestíbulo del aeropuerto, allí, en su casa, el ambiente le resultaba muy constreñido como para hacerlo, con el ruido de fondo del contestador automático, y Grey sentado frente al escritorio con la pluma en la mano todavía.

– ¿Y qué exótico paraíso has aprovechado para descubrir en mi ausencia? -preguntó ella.

– Manchester -contestó él, después de un momento-. Una conferencia sobre un caso.

Era ridículo, pero Abbie habría jurado que Grey había dicho lo primero que se le había ocurrido.

– ¡Dios mío! Te he echado mucho de menos -exclamó él.

Ella no pudo contestarle nada, contarle cuánto lo había echado de menos, porque él la besó desesperadamente, con más ardor que el mismo sol de Karachi.

Cuando finalmente Grey alzó la cabeza, le sonrió y le dijo:

– Bienvenida a casa, señora Lockwood.

– Esto sí es una bienvenida -Abbie le acarició la cara, y los pliegues alrededor do los ojos-. Pareces cansado. Supongo que habrás estado trabajando día y noche durante mi ausencia. ¿No?

– Me ayudaba a que el tiempo pasara más deprisa. Pero tienes razón, estoy cansado, muy cansado, tanto que creo que me voy a ir a la cama inmediatamente.

Grey la levantó en brazos. Ella se tambaleó un poco con el movimiento.

– Y quiero que me acompañes. Ya sabes lo mal que duermo cuando estoy solo.

– ¡Tonto! -exclamó ella riendo-. Bájame inmediatamente. He estado viajando todo el día, y como no me duche…



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