
Pero ya bastaba. Cada vez que se iba fuera su matrimonio parecía resentirse un poco. Nada que pudiera señalar con precisión. Sentía que les pasaban cosas cuando estaban separados que no podían compartir. A veces, ella, que acababa de estar una semana con los refugiados o con las víctimas de una catástrofe natural, volvía a casa y se encontraba con quejas acerca de una lavadora que perdía agua o cualquier otro drama doméstico. Grey era socio de un bufete de abogados muy prestigioso. No tenía tiempo de lidiar con las pequeñas trivialidades de la vida. Una vez había bromeado acerca de que no le vendría mal una esposa de recambio, había dicho que tal vez no fuera mala idea que ella compartiera el trabajo de esposa con otra persona para que ésta se encargase de las cosas mientras ella estaba fuera.
– Creo que preferiría tener dos maridos -le había contestado Abbie relajadamente, riéndose. Pero no había desoído la advertencia.
Grey Lockwood era el tipo de hombre que volvía locas a las mujeres. Y como la mayoría de los hombres, no tenía más que aparentar sentirse perdido en el mundo, para que todas las mujeres se enternecieran y quisieran hacerle de madre. Pero no tenían en mente sólo la labor maternal, por supuesto. Ella había intentado que sus ausencias fueran lo menos traumáticas posible, pero no era tan tonta como para no ver ciertas cosas.
¿Cuánto tiempo más pasaría hasta que alguna secretaria se ofreciera a extender sus servicios más allá del uso de la lavadora, aprovechando la pequeña fisura que se iba produciendo en su matrimonio cada vez que ella se iba de viaje?
Ella sabía que Grey la amaba, pero no era de piedra. Era un hombre de carne y hueso, lleno de vida. Y ella lo amaba más que a nada.
