
Se dio la vuelta y empezó a ponerle jabón, extendiendo sus manos sobre su pecho ancho, haciendo espuma con el vello que lo cubría. Luego las deslizó por su vientre liso hasta que lo oyó gemir.
– Yo no sé tú, Grey, pero yo creo que estoy suficientemente limpia ya -le dijo ella mirándolo.
Él no contestó. Simplemente cerró el grifo y alargó la mano hacia una toalla para envolverla. Luego la alzó, salió de la ducha y la llevó a la cama.
El día que ella volvía de viaje siempre había sido especial. Se volvían a descubrir, volvían a afirmarse en su amor. Pero ese día Grey parecía tener una necesidad imperiosa de ella, de volver a descubrirla. Y ese brillo salvaje en sus ojos, ese violento deseo la excitó más aún.
– ¡Grey!
Él cayó encima de ella en la cama. Y puso una rodilla en medio de sus piernas, en un gesto de macho que necesita dominar para poner su semilla.
Abbie gritó y arañó los músculos de sus hombros mientras él la hacía galopar a un ritmo enloquecedor. Era la pasajera de aquel viaje de pasión en el que él la sumergía. Ella respondió a su ardiente empuje hasta desplomarse, saciada, exhausta, empapada en sudor.
Cuando él se giró y se puso de espaldas mirando el techo, soltó un profundo suspiro.
– Has estado fuera mucho tiempo, Abbie -dijo él-. Luego se volvió a ella y le dijo-: ¿Te he hecho daño?
Ella negó con la cabeza.
– Me sorprendió un poco, nada más -Abbie le tocó las marcas que sus uñas habían dejado en sus hombros-. Pero me gustan las sorpresas -se inclinó hacia él y le dio un beso. La piel de Grey estaba salada y tibia. Y ella suspiró satisfecha.
Grey entonces la estrechó en sus brazos.
Al día siguiente le iba a doler un poco, pero sería un sentimiento que llevaría consigo como un secreto recuerdo de que había sido amada, deseada.
Abbie fue la primera en despertarse.
