El peso del brazo de Grey en su cintura la molestó para moverse. Por un momento ella se quedó quieta, deleitándose con el placer de sentir la cara de Grey hundida en su hombro. El salir de viaje tenía su parte negativa, pero sin esas separaciones, tal vez no hubiera aquellos encuentros tan maravillosos. Se quedó quieta, a escasos centímetros de él, observando cada una de las arrugas que los avatares de la vida le habían ido dejando. Incluso le tocó una cicatriz sobre una ceja, recuerdo de una remota infancia.

Ella sabía exactamente cuándo se había despertado Grey, sin que abriese los ojos, sin que se moviera. Simplemente había un cambio en el ritmo de la respiración, una leve contracción de los músculos alrededor de sus ojos. Abbie sonrió con picardía. Era un viejo juego.

¿Cuánto tiempo más iba a poder fingir que estaba dormido? Ella comenzó a dibujarle el contorno de la cara con la punta del dedo. Luego lo deslizó por la barbilla, y por el labio inferior. ¿Había temblado ligeramente cuando había sentido el contacto de su uña? No estaba segura. Le dio un montón de pequeños besos en el cuello, en el pecho, luego le pasó la lengua por las tetillas, que se endurecieron.

Él no se movió. Entonces ella siguió trazando su recorrido por el vientre hasta que él ya no pudo aguantar más aquella provocación a su masculinidad. Pero antes de que pudiera comprobar que el juego había terminado y que había ganado, él se había dado la vuelta y la había hecho poner boca arriba, y la había obligado a quedarse quieta sujetándole las muñecas, dejándola a su merced.

– ¿Así que quieres que juguemos, señora Lockwood?

Ella bajó las pestañas seductoramente.

– ¿Por qué lo dice, señor? No sé qué quiere decir.

– Entonces tendré que enseñárselo.

El teléfono empezó a sonar. Por un momento, Grey se quedó mirándola, luego le dio un beso breve y le dijo:

– Parece que te han suspendido la pena a última hora -le dijo Grey. Luego la soltó, y se puso de pie.



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