
Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo de una tienda. Sandoval, Toktai, y Li completaban el círculo. Debajo tenían alfombras y un brasero mantenía caliente el té. Era la única tienda montada, probablemente la única disponible, traída para usarla en ceremonias como aquélla. Toktai sirvió kumiss con sus propias manos y se lo ofreció a Everard, que lo bebió haciendo mucho ruido como exigía la etiqueta y lo pasó. Había bebido cosas peores que leche de yegua fermentada, pero se alegró de que, acabado el ritual, pasasen al té.
Habló el jefe mongol. No podía mantener el tono sereno, como hacía su amanuense chino. Había en él una brusquedad instintiva: ¿qué extranjero se atrevía a acercarse a los hombres del Ka Kan sin arrastrarse sobre el estómago? Pero las palabras siguieron siendo corteses:
—Ahora que nuestros invitados expongan los mensajes de su rey. Primero, ¿podríais decirnos su nombre?
—Su nombre no debe ser pronunciado —dijo Everard—. De su reino sólo habéis oído pálidos rumores. Podéis juzgar su poder, Noyon, por el hecho de que sólo necesitaba que dos de nosotros llegásemos hasta aquí, y que nosotros sólo necesitamos una montura cada uno.
Toktai gruñó: —Son hermosos animales, pero me pregunto cómo les iría en las estepas. ¿Os llevó mucho tiempo llegar aquí?
—No más de un día, Noyon. Tenemos medios.
Everard metió la mano en la chaqueta y sacó unos regalos envueltos.
