
Cerca había sacos de dormir, sus caballos, el escúter —trineo antigravedad y saltador espaciotemporal— que los había traído. Por lo demás la zona estaba vacía; kilómetro tras kilómetro, los fuegos humanos como el suyo eran tan pequeños y solitarios como las estrellas en el universo. En algún lugar aulló un lobo.
—Supongo —dijo Everard—, que todo policía, de vez en cuando, se siente como un bastardo. Hasta ahora tú has sido sólo un observador, Jack. Las misiones de acción, como las que yo llevo a cabo, son en ocasiones difíciles de aceptar.
—Sí. —Sandoval había estado más callado que su amigo. Apenas se había movido desde la cena.
—Y ahora esto. Sea lo que sea lo que debas hacer para cancelar una interferencia temporal, al menos siempre puedes pensar que estás restaurando la línea original de desarrollo. —Everard dio una chupada de la pipa—. No me recuerdes que «original» no tiene sentido en este contexto. Es una palabra de consuelo.
—Aja.
—Pero cuando nuestros jefes, nuestros queridos superhombres danelianos, nos dicen que debemos interferir… sabemos que la gente de Toktai nunca regresó a Catay. ¿Por qué tú o yo tenemos que intervenir? Si se encontrasen con indios hostiles o algo así y fuesen exterminados, no me importaría. Al menos, no más de lo que me importa cualquier incidente similar en ese matadero que llaman historia humana.
—No tenemos por qué matarlos, ya lo sabes. Sólo hay que conseguir que regresen. La demostración de esta tarde podría ser suficiente. —Sí. Regresar… ¿y qué? Probablemente morir en el mar. No tendrán un viaje de regreso fácil: tormentas, niebla, corrientes contrarias, rocas, en esas naves primitivas concebidas para los ríos. ¡Y los enviaremos a ese viaje precisamente en este momento! Si no hubiésemos interferido, hubiesen regresado a casa después, en unas circunstancias distintas para el viaje… ¿Por qué debemos aceptar la culpa?
