Pero era una cuestión de necesidad tanto como de estética. Había muy pocas personas para vigilar demasiados millares de años.

—Tengo la impresión —dijo Everard despacio—, de que esto no es una simple rectificación de una interferencia extratemporal.

—Cierto —dijo Sandoval con voz dura—. Cuando informé de lo que había descubierto, la oficina del entorno Yuan llevó a cabo una investigación exhaustiva. No hay viajeros temporales implicados. A Kublai Kan se le ocurrió todo esto sólito. Podría haberse inspirado en los relatos de Marco Polo sobre los viajes por mar de venecianos y árabes, pero es historia legítima, aunque el libro de Marco Polo no mencione nada parecido.

—Lo chinos tienen una larga tradición náutica —dijo Everard—. Oh, es todo muy natural. Por tanto, ¿cómo intervenimos?


Encendió la pipa y la chupó con fuerza. Sandoval todavía no había hablado, así que preguntó:

—¿Cómo te topaste con esa expedición? No estaba en territorio navajo, ¿no?

—Demonios, no estoy confinado a estudiar a mi propia tribu —contestó Sandoval—. Hay muy pocos amerindios en la Patrulla y es un incordio disfrazarse de otra tribu. Generalmente trabajo en las migraciones de athabascos. —Como Keith Denison, un especialista étnico que estudiaba la historia de gente que nunca escribió la suya propia para que la Patrulla supiese exactamente qué estaba protegiendo—. Estaba trabajando en la ladera oriental de la cordillera de las Cascadas, cerca del lago del Cráter —siguió diciendo—. Eso es territorio lutuami, pero tenía razones para creer que una tribu athabasca a la que había perdido el rastro había pasado por allí. Los nativos hablaban de misteriosos hombres extraños que venían del norte. Fui a echar un vistazo, y allí estaba la expedición, mongoles a caballo. Comprobé su procedencia y encontré su campamento en la boca del río Chehalis, donde unos cuantos mongoles más ayudaban a los marineros chinos a proteger las naves. Salté al futuro como un murciélago huye de Los Ángeles e informé.



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