Bien, ¿encaja alguno de nosotros? ¿Podría un hombre con verdaderas raíces quedarse quieto sabiendo lo que finalmente pasará con su gente?

—¡Pero si no tengo que espiar! —exclamó Sandoval—. Cuando informé, las órdenes me llegaron directamente desde el cuartel general daneliano. Sin explicaciones, sin excusas, la orden escueta: reparar ese desastre. ¡Debo revisarla historia!

2

Anno Domini mil doscientos ochenta:

El territorio dominado por Kublai Kan se extendía a lo largo de varios grados de latitud y longitud; soñaba con un imperio mundial, y su corte recibía con honores a cualquier invitado que trajese nuevos conocimientos o nuevas filosofías. Un joven mercader veneciano llamado Marco Polo se había convertido en un favorito especial. Pero no todos los pueblos deseaban un gobernante mongol. Sociedades secretas revolucionarias germinaban en los reinos conquistados que habían sido unificados, como Catay. Japón, con la poderosa familia Hojo tras el trono, ya había repelido una invasión. Ni tampoco estaban los mongoles unidos, más que en teoría. Los príncipes rusos se habían convertido en recaudadores de impuestos para la Horda de Oro; el Il-Kan Abaka reinaba en Bagdad.

En otros puntos, un indefinido califato abasí se ocultaba en El Cairo; Delhi se encontraba bajo la dinastía del esclavo Qutb-ud-Din; Nicolás III era Papa; güelfos y gibelinos destrozaban Italia; Rodolfo I de Habsburgo era el emperador alemán; Felipe III el Atrevido era rey de Francia; Eduardo I gobernaba Inglaterra. Entre los contemporáneos se contaban Dante Alighieri, Juan Duns Escoto, Roger Bacon y Thomas de Erceldoune.

Y en Norteamérica, Manse Everard y John Sandoval detuvieron los caballos para mirar desde lo alto de una colina.

—Los vi por primera vez la semana pasada —dijo el navajo—. Desde entonces han avanzado mucho. A este ritmo, estarán en México dentro de un par de meses, incluso teniendo en cuenta lo duro del terreno.



4 из 38