—Para ser mongoles —comentó Everard—, se están tomando su tiempo.

Levantó los binoculares. A su alrededor la tierra ardía verde de abril. Incluso las más altas y antiguas hayas tenían hojas nuevas. Los pinos rugían al viento, que soplaba desde las montañas, frío y rápido y lleno del olor de la nieve fundida, y por el cielo cruzaban pájaros en dirección a casa, en tal número que oscurecían el sol. Los picos de la cordillera de las Cascadas parecían flotar al oeste, blancoazulados, distantes y sagrados. Al este las colinas se hundían en bosques y prados hasta un valle y, por fin, más allá del horizonte, las praderas retumbaban con los búfalos. Everard se centró en la expedición. Se movían a campo abierto, más o menos siguiendo un riachuelo. Unos setenta hombres montados a caballo; animales asiáticos de cabeza larga, patas cortas, pardos y de pelo largo. Traían animales de carga y monturas. Identificó a algunos guías nativos, tanto por su extraña postura sobre las sillas corno por la fisonomía y la ropa. Pero los recién llegados eran los que más llamaban su atención.

—Muchas yeguas preñadas —comentó, a medias para sí—. Supongo que metieron en los barcos todos los animales que pudieron y los han dejado salir para hacer ejercicio allí donde hacían escala. Ahora se dedican a su cría a medida que avanzan. Ese tipo de animal puede soportar un trato muy duro.


—El destacamento de los barcos también cría caballos —le informó Sandoval—. Eso lo vi.

—¿Qué más sabes de ese grupo?

—No más de lo que he te dicho, que es poco más de lo que ahora ves. Y lo de ese informe que estuvo un tiempo en los archivos de Kublai. Pero si lo recuerdas, señalaba simplemente que cuatro barcos bajo el mando del Noyon Toktai y el estudioso Li Tai-Tsung fueron enviados a explorar las islas más allá de Japón.

Everard asintió ausente. No tenía sentido quedarse parados repasando lo que ya habían comentado un centenar de veces. No era más que una forma de posponer la acción.



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