Sandoval se aclaró la garganta:

—Todavía tengo dudas sobre que los dos vayamos ahí abajo —dijo—. ¿Por qué no te reservas para el caso de que se pongan desagradables?

—Complejo de héroe, ¿eh? —dijo Everard—. No, estaremos mejor juntos y, en todo caso, no espero problemas. Todavía no. Esos chinos son demasiado inteligentes para oponerse gratuitamente a nadie. Han mantenido buenas relaciones con los indios, ¿no? Y nosotros seremos un factor mucho más desconocido… pero antes no me importaría echar un trago.

—Sí. ¡Ni después tampoco!

Cada uno metió la mano en su mochila, sacaron las cantimploras y bebieron. Everard sintió el whisky amargo en la garganta, aunque le calentó las venas. Hizo que el caballo se pusiera en marcha y los dos patrulleros bajaron la colina.

Un silbido cortó el aire. Los habían visto. Mantuvo un ritmo constante hacia la cabeza de la línea mongol. Un par de jinetes se situaron a ambos lados, con las flechas dispuestas en los potentes arcos cortos, pero no interfirieron.

Supongo que tenemos un aspecto inofensivo, pensó Everard. Como Sandoval, llevaba ropas de expedición del siglo XX; chaqueta de caza para el viento, sombrero para protegerse de la lluvia. Su propio traje era mucho menos elegante que el modelo de Abercrombie Fitch del navajo. Los dos llevaban dagas a la vista, pistolas automáticas, y aturdidores del siglo XXX para los asuntos serios.

La tropa se detuvo, tan disciplinada que sus miembros parecían un solo hombre. Everard los examinó de cerca. Había obtenido una educación electrónica bastante completa en una hora o poco más antes de partir —lenguaje, historia, tecnología, modales, moral— sobre los mongoles y chinos e incluso sobre los indios locales. Pero nunca había visto a esa gente de cerca.

No eran espectaculares: bajos, de piernas arqueadas, barba rala y rostro chato y ancho sudoroso bajo el sol.



6 из 38