
No resultaba difícil identificar al jefe. Iba en vanguardia y la capa de seda volaba sobre sus hombros. Era alto y de rostro más duro que el del soldado medio, con una barba rojiza y una nariz casi romana. El guía indio que iba a su lado se quedó boquiabierto y retrocedió; pero Toktai mantuvo la compostura y le tomó la medida a Everard con una mirada firme y carnívora.
—Saludos —dijo, cuando estuvieron cerca—. ¿Qué espíritu os guía? —Habló en el dialecto lutami, que más tarde se convertiría en la lengua klamath, con un acento atroz.
Everard contestó en un perfecto mongol.
—Saludos a ti, Toktai hijo de Batu. Por la voluntad de Tengri, venimos en paz.
Fue un toque de efecto. Everard vio que los mongoles buscaban amuletos de la suerte, o hacían gestos contra el mal de ojo. Pero el hombre montado a la izquierda de Toktai se recuperó con rapidez y fingió autocontrol.
—Ah —dijo—, así que hombres de las tierras del oeste han llegado también a esta región. No lo sabíamos.
Everard lo miró. Era más alto que cualquier mongol, de piel casi blanca, con rasgos y manos delicados. Aunque vestido como los otros, no llevaba armas. Parecía mayor que el Noyon, quizá tenía cincuenta años. Everard se inclinó sobre la silla y pasó a chino del norte.
—Honorable Li Tai-Tsung, apena a esta insignificante persona contradecir a vuestra eminencia, pero pertenecemos al gran reino del sur.
—Hemos oído rumores —dijo el estudioso. No pudo reprimir del todo la emoción—. Incluso hasta estas regiones del norte han llegado historias de un país rico y espléndido. Lo buscamos para poder llevar a su Kan los saludos del Ka Kan, Kublai hijo de Tuli, hijo de Gengis; Ja tierra yace a sus pies.
