—Sabemos del Ka Kan —dijo Everard—, y sabemos del califa, del Papa, del emperador, y de monarcas menores. —Tenía que recorrer con cuidado su sendero, para no insultar abiertamente al gobernante de Catay pero sí para ponerlo sutilmente en su lugar—. En cambio poco se sabe de nosotros, porque nuestro amo no busca el mundo exterior ni nos anima a buscarlo. Permitid que presente mi humilde persona. Me llamo Everard y no soy, como mi apariencia podría sugerir, ruso o occidental. Pertenezco a la guardia de frontera.

Que se imaginase lo que eso implicaba.

—No venís con demasiada compañía —dijo Toktai.

—Más de la necesaria —dijo Everard con su voz más tranquila.

—Y estáis muy lejos de casa —añadió Li.

—No más de lo que estaríais vosotros, honorables señores, en las planicies de Kirguizia.

Toktai colocó una mano sobre la empuñadura de la espada. Sus ojos eran fríos y cansados.

—Venid —dijo—. Os damos la bienvenida como embajadores. Acampemos y oigamos el mensaje de vuestro rey.

3


El sol, bajo sobre los picos occidentales, tino de plata sus cimas cubiertas de nieve. Las sombras se alargaban por el valle, el bosque se oscurecía, pero los prados abiertos relucían más brillantes. La calma hacía de cámara de resonancia para los pocos ruidos que se producían: el rápido fluir del río, el sonido de un hacha, los caballos comiendo la hierba crecida. El humo de madera cargaba el aire.

Los mongoles, evidentemente, habían sido tomados por sorpresa por sus visitantes y aquel temprano encuentro. Mantenían las caras serias, pero los ojos se les escapaban en dirección a Everard y Sandoval mientras éstos recitaban fórmulas de varias religiones… principalmente paganas, pero algunas oraciones budistas, musulmanas y nestorianas.



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