
Mi frenético boqueo no cesaba ni disminuía; y tras un centenar de resuellos me di cuenta de que la capa de aire era incapaz de mantenerme con vida mucho más. Luché por levantarme. Aunque estaba medio sofocado, fue increíblemente fácil: por poco salgo de nuevo hacia arriba. A sólo una cadena había un escotillón. Me tambaleé hasta alcanzarlo, lo abrí con el último resto de fuerza y lo cerré detrás de mí. La puerta de dentro pareció abrirse casi sola.
En seguida se me renovó el aire, como si en una celda hedionda hubiera entrado una joven brisa. Para acelerar el proceso, mientras bajaba por la pasarela me quité el collar y me paré un momento a respirar el aire fresco y tibio, apenas consciente de dónde estaba, salvo por la bendita certeza de encontrarme otra vez en la nave y no naufragando entre sus velas.
La pasarela, angosta y clara, estaba penosamente iluminada por luces azules que se arrastraban despacio por las paredes y el techo, parpadeando y en apariencia espiando el corredor sin ser parte de él.
Nada me escapa a la memoria a menos que esté inconsciente o poco menos; recordaba cada uno de los pasillos que había entre mi camarote y la compuerta por donde había salido, y ninguno era éste. La mayoría estaban decorados como los estudios de los castillos, con cuadros y suelos pulidos. Allí la madera castaña de la cubierta dejaba paso a un alfombrado verde como hierba que alzaba minúsculos dientes para aferrarme las suelas de las botas; tuve la impresión de que las hojitas verdiazules eran verdaderas navajas.
Así pues me vi ante una decisión, y una decisión que no me regocijaba. A mi espalda estaba la compuerta. Podía salir de nuevo y de cubierta en cubierta buscar mi zona de la nave. O seguir por el pasillo angosto y buscar por dentro. Esta alternativa tenía la inmensa desventaja de que en el interior sería fácil perderme. Y sin embargo, ¿podía ser peor que perderme entre los cordajes, como antes, o en el infinito espacio entre soles, como había estado a punto de ocurrirme?
