Estuve allí vacilando hasta que oí voces. Me recordaron que todavía llevaba la capa ridículamente atada a la cintura. La desaté, y acababa de hacerlo cuando apareció la gente cuyas voces había oído.

Iban todos armados, pero allí terminaban las semejanzas. Uno parecía un hombre bastante corriente, de los que uno habría visto cualquier día en los muelles de Nessus; otro de una raza que yo no había encontrado en todos mis viajes, alto como un exultante y con la piel no del marrón rosado que nos complace llamar blanco, sino realmente blanca, como la espuma, y coronada por un pelo blanco también. La tercera era una mujer, apenas más baja que yo y de miembros más gruesos que cualquiera que yo hubiera visto. Detrás de ellos, dando casi la impresión de impulsarlos, había una figura que habría podido ser la de un hombre imponente con armadura completa.

Creo que si se los hubiese permitido habrían pasado junto a mí sin decir palabra, pero me planté en medio del corredor y expliqué mi situación.

—Ya he informado —dijo la silueta con armadura—. Alguien vendrá a buscarte, o me ordenarán que te acompañe. Entretanto has de venir conmigo.

—¿Adónde vas? —pregunté, pero mientras hablaba él se alejó, haciendo un gesto a los dos hombres.

—Ven —dijo la mujer, y me besó. No fue un beso largo pero parecía encerrar una pasión turbulenta. Me tomó del brazo apretándolo con una fuerza de hombre.

El marinero común (que en realidad no era nada común, porque tenía un rostro alegre y bastante hermoso y el pelo rubio de los sureños) me dijo entonces: —Tendrás que venir o no sabrán dónde buscarte, si es que te buscan, lo que quizá no estaría mal. —Habló por encima del hombro, andando, y la mujer y yo lo seguimos.



11 из 344