
Recogí la capa y saqué el cofre de plomo; y con las dos manos levanté el cofre por encima de la cabeza; y lo arrojé, alborozado lo arrojé lejos de mi inadvertida capa de aire, de los linderos de la nave, del universo que el cofre y yo habíamos conocido, hacia la nueva creación como ofrenda final de la vieja.
En el acto mi destino me aferró para lanzarme de espaldas. No directamente en caída a la cubierta de donde había partido, lo cual podría haberme matado, sino hacia abajo y adelante, de modo que fui pasando entre los mástiles. Estiré el cuello para ver el siguiente: era el último. De haber estado una ana o dos a la derecha, me habría roto el cráneo contra la punta. Pero en vez de eso pasé como un rayo entre el mastelero y el amantillo, con los brioles muy lejos de mí. Iba más rápido que la nave.
Enormemente lejano y en un ángulo por completo diferente, apareció otro de los incontables mástiles. Las velas le brotaban como hojas de un árbol; y ahora no eran las conocidas velas rectangulares sino unos raros triángulos. Por un momento pareció que también me adelantaría a ese mástil, y luego que iba chocar con él. Frenéticamente me agarré al estay del foque.
Ondulé alrededor del cable como una bandera en un viento voluble. Me aferré un tiempo al cable frío y lacerante, resollando, y luego, con toda la fuerza de mis brazos, descendí por el bauprés, porque ese palo final era el bauprés, claro. Creo que no me hubiese importado estrellarme contra la proa; no quería otra cosa que tocar el casco, donde fuera y como fuera.
En vez de eso di contra una vela de estay y empecé a resbalar por su inmensa superficie plateada. Y era una superficie por cierto, y parecía mera superficie, con menos cuerpo que un susurro, casi algo hecho de luz. Me volvió de costado, me hizo girar y me envió a la cubierta, rodando a tropezones como una hoja al viento.
O mejor dicho a alguna cubierta, pues nunca he estado seguro de que la cubierta a la que volví fuera la que había dejado. Allí me tendí procurando recuperar el aliento, la pierna coja en agonía; sujeto apenas por la atracción de la nave.
