El de pelo blanco dijo: —Quizá puedas ayudarme.

Supuse que me había reconocido; y, como sentía necesidad de reclutar todos los aliados posibles, le dije que haría lo que pudiese.

—Por el amor de las Danaides, cállate —le dijo la mujer. Y luego a mí—: ¿Estás armado?

Le mostré la pistola.

—Aquí dentro deberás tener cuidado con eso. ¿La puedes poner al mínimo?

—Ya lo he hecho.

Ella y los demás llevaban carabinas, armas muy parecidas a los fusiles pero de caja más corta y gruesa y cañón más fino. En el cinturón le vi una daga puntiaguda; los dos hombres tenían bolos, cuchillos de selva de hoja corta, ancha y pesada.

—Me llamo Purn —me dijo el rubio.

—Severian.

Me tendió la mano y la estreché: una mano de marino, grande, áspera y musculosa.

—Ella es Gunnie…

—Burgundofara —dijo la mujer.

—Nosotros la llamamos Gunnie. Y él es Idas. —Señaló al de pelo blanco.

El hombre con armadura estaba detrás de nosotros mirando al fondo del pasillo, y exclamó abruptamente: —¡Silencio!

Yo nunca había visto a nadie capaz de girar tanto la cabeza. —¿Cómo se llama? —le pregunté a Purn.

Me contestó Gunnie: —Sidero. —De los tres, era la que parecía tenerle menos miedo.

—¿Adónde nos lleva?

Sidero pasó galopando a nuestro lado y abrió una puerta.

—Aquí. Éste es un buen lugar. Nuestra confianza es grande. Manteneos separados. Yo estaré en el centro. Si no os atacan no hagáis daño. Las señas, vocales.

—En nombre del Increado —pregunté—, ¿qué se supone que estamos haciendo?

—Buscando inclusos —murmuró Gunnie—. No le hagas mucho caso a Sidero. Dispara si te parecen peligrosos.

Mientras hablaba me había ido guiando hacia la puerta abierta.

—Descuida, lo más probable es que no haya ninguno —dijo Idas, y se nos acercó tanto que casi mecánicamente di un paso adentro.



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