
Abajo, o al menos en la dirección de mis pies, la nave parecía un menguante continente de plata, los negros mástiles y vergas finos como cuernos de grillos. A mi alrededor las estrellas ardían fulgurando con un esplendor nunca visto en Urth. En un momento en que mí ingenio no estaba muy despierto, llegué a buscarla; sería verde, pensé, como la verde Luna, pero coronada de blanco donde los hielos cerraban nuestras tierras frías. No pude encontrarla, ni tampoco el dorado disco con brotes rojos del sol viejo.
Luego me di cuenta de que buscaba donde no debía. Si Urth era visible, tenía que estar a popa. Mire hacia allí y vi, no nuestra Urth, sino un vórtice turbulento, giratorio y creciente de fulígeno, el color más oscuro que el negro. Era como un vasto contraflujo o remolino de vacío; pero lo circundaba un anillo de luz de color, como si alrededor bailaran billones de billones de estrellas.
Entonces comprendí que el milagro había sucedido sin que yo me percatara, que había sucedido mientras yo copiaba alguna indigesta frase sobre el maestro Gurloes o la guerra con los ascios. Habíamos penetrado en el tejido del tiempo, y el vórtice fulígeno marcaba el fin del cosmos.
O el principio. Si era el principio, ese resplandeciente anillo de estrellas era la dispersión de los soles jóvenes y el único anillo verdaderamente mágico que este universo conocería nunca. Saludándolos, grité de alegría aunque nadie me oyera salvo el Increado y yo.
