
Se diría que por fuerza, la tafona de Lluc Alcari, más grande que las de decenas de otras posesiones de la costa norte de Mallorca, hacía aceite para más de un olivar de la redonda y, en primer lugar, para el de Ca'n Simó, que es el que le está a los pies.
Me parece que, al principio, nuestro torreón (que a lo mejor ni siquiera era torreón, sino apenas casamata) debió de ser la celda de algún ermitaño. Luego, con el transcurso de los siglos, se convertiría en el amparo del amo, que es como se conoce en la isla al payés que se cuida de la finca, o en el refugio para cualquier rebaño de míseras ovejas que buscaran cobijo durante las tempestades de otoño. Seguro que en algún momento fue casa de aperos de labranza.
Hubo un tiempo en que quisimos creer que en el torreón habían pasado noches misteriosas los piratas venidos de la costa berberisca en época de moros. Hasta hubo un verano en que cavamos por debajo del muro e hicimos con los picos y palas del amo un agujero de modestas proporciones, aunque a nosotros se nos antojara enorme, convencidos de que encontraríamos algún tesoro o mapas de la costa que nos dieran la razón o, tal vez, un baúl. Pronto dimos con la roca que hay debajo de los pobres terrones que en la sierra de Tramontana pasan por ser tierra arable y abandonamos el proyecto.
