
Otro año, más refinados por la edad casi adolescente, pensamos que habría sido una guarida de contrabandistas, sin que se nos ocurriera que el torreón estaba a unos trescientos metros tierra adentro y en un altillo cercano al camino de Lluc Alcari, lo que lo hacía impracticable como escondrijo. Además, las cuevas de los contrabandistas están perforadas en la roca nuda de los acantilados que caen a pico sobre el mar.
Pronto se nos olvidó, sin embargo, el uso que la vieja torre hubiera podido tener: se hizo en seguida más importante el que le queríamos dar para nuestros juegos de infancia o para el recóndito pudor de la adolescencia.
El caso es que la posesión de Ca'n Simó estaba hecha, en su pendiente, de unas treinta o treinta y cinco terrazas de irregular trazado que la recorrían de parte a parte, interrumpiéndose a veces de forma caprichosa, para seguir luego por otro derrotero, más arriba o más abajo, según lo impusieran el tamaño y solidez de la roca con que hubieran topado los payeses al construirlas. También las atravesaban caminos muleros que eran más consecuencia del paso ancestral de pastores y viajeros que resultado de una obra de ingeniería. Hoy quedan dos de estos senderos, además del que se conoce por «paseo de los pintores», uno célebre que sigue la línea de la costa tras arrancar en un acantilado al que llaman La Muleta y que va a parar a lo alto de la cala de Deià al lado de una torre primitiva, ésta sí en pie, en la que vive un novelista medio austriaco que, en los ratos libres, juega al ajedrez con quien quiera retarle. Desde la altura se divisa un espléndido panorama de mar y monte.
Por el «paseo de los pintores», que serpentea entre encinas, pinos e hinojo marino, han transitado en lo que va de siglo centenares de artistas de toda escuela e inspiración. En muchas de las rocas que lo bordean y a las que puede uno encaramarse para mirar a lo lejos, aún se notan las pinceladas que dieron para limpiar sus espátulas y pinceles o probar las mezclas de los pigmentos.
