Mi padre había comprado las seis o siete hectáreas de Ca'n Simó mucho antes de que mis hermanos y yo tuviéramos edad para que nos llamara la atención el hecho o pudiéramos pensar que adquiría la propiedad para algo más que para añadirla a nuestro paisaje cotidiano. En lo que a nosotros hacía, Ca'n Simó estuvo allí desde el principio, y eso era todo. Nunca supimos por qué se había quedado con aquel olivar; yo no se lo pregunté y a mis hermanos no les importó averiguarlo. Fueron siempre indiferentes a la llamada de la tierra; ellos son urbanos y los aterra la soledad del silencio. Además, no les gustaba gran cosa Deià; de hecho, me parece recordar que, salvo Javier, y por supuesto Sonia que nunca volvió a salir de la isla, los cuatro restantes no han vuelto allá desde la muerte de nuestro padre o, tal vez, desde que fueron lo suficientemente mayores como para ir por su cuenta a veranear a algún otro lugar. A Marbella o a San Sebastián o al Empordà. Javier y Sonia, por su parte, viven en Mallorca (Javier no mucho, claro) por imperativo del destino, no porque les haya apetecido especialmente anclarse allá.

Torre de vigía no podía ser, porque Ca'n Simó es una finca rectangular encajada en la hondonada de la ladera, equidistante de las dos puntas de la bahía, mientras que la torre de vigía verdadera, también medio derruida, se divisa como a dos kilómetros de nuestro torreón según vuela el pájaro, al otro lado de la cala. Encaramada al promontorio, asoma por entre los pinos mirando chatamente al mar, aplastada por siglos de huracanes y salitre.

Molino de aceite tampoco debió de ser, en primer lugar, porque su superficie era demasiado exigua para que se le hubiera dado tal uso y, segundo, porque a menos de un centenar de metros se levantaba, se levanta aún hoy, la casona noble de Lluc Alcari, que dicen que fue hasta hace un siglo residencia de verano del obispo de Palma (digo yo que de ahí debe de venir la expresión «vive mejor que un obispo» como consagración de lo superlativo).



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