
Cada terraza se sujetaba (y aún se sujeta, claro está) a la falda del monte por un bancal hecho de piedra seca, es decir, juntada y sostenida sin mortero. La cara exterior de cada piedra, dorada de color miel por efecto de la oxidación del tiempo, tiene como mínimo el tamaño de una mano grande. Todas están empotradas entre sus vecinas como si, erosionadas a gemidos por el viento, hubieran quedado igualados sus bordes hasta encajar tan perfectamente unos con otros que han acabado por parecerse a las piezas de un rompecabezas. Es un milagro que esas construcciones hayan podido durar siglos sin desmoronarse y sin que las mantenga en pie otra cosa que el precario equilibrio impuesto por su peso sabiamente distribuido a lo largo de su altura; sólo determinadas piedras, muy pocas, hacen aquí y allá las veces de llave de bóveda.
Y es apenas ahora cuando, al final del tiempo, alternándose el agua y la sequía, el polvo de la tierra que se descompone y el temblor que provocan los autobuses al circular por la carretera de Sóller, las han ido sacudiendo y desplazando; de tal modo que, de vez en cuando, suavemente, sin estrépito, se derrumba un trozo de muro y aparece en su lugar una herida abierta, una cuña de tierra dispuesta a deslizarse silenciosamente hacia el mar. Quedaría pelada la montaña si lo permitiéramos, igual que más abajo y poco a poco, sin que podamos hacer nada para impedirlo, van vertiendo al mar los bancales más cercanos a la costa. Quedan entonces desnudas las raíces de los gigantescos pinos marítimos y se los ve abrazarse desesperadamente a la tierra que se desangra. Aún hoy hay uno, al lado de la casa, solemne y majestuoso, que se yergue enhiesto mientras se sujeta dramáticamente a la roca que lo sustenta; cada año, el viento o la lluvia desmochan una esquirla de la piedra y el pino se agarra a ella más y más en precario con las raíces descarnadas al aire, como si fueran los talones de un halcón orgulloso y moribundo.
