
En ocasiones, en invierno, una terrible tormenta siega unos cuantos pinos con la facilidad con que se parten palillos y los hace deslizarse como si se tratara de livianas cañas. Crujen cuando se les desgarra la entraña a causa de la tensión que pretende doblarlos o estirarlos contra su naturaleza y suenan igual que en un barco gimen los maderos por efecto del viento y las olas. Y su peso y velocidad los convierten en mortíferas lanzas que todo lo arrollan a su paso.
Raro es el mes en que no me veo obligado a llamar al bancalero de Sóller para que me repare un trozo de muro o me construya un nuevo bancal que dificulte la erosión. Y luego se habla de lo bucólico y simple de la vida rural; lo cierto es que no hay fortuna que la resista.
En cada terraza se alinean los olivos, bien espaciados, aunque no tanto como en Cartago, en donde, en la antigüedad, tenían mandado ponerlos cada más de veinte metros porque dieran mejor fruto y más abundante. En Ca'n Simó, como en toda Mallorca, por ser la tierra más escasa y menos generosa, los tienen plantados a razón de uno cada cuatro o cinco metros.
Son angustiosamente bellos y crecieron retorcidos de las más diversas maneras por seguir el capricho que les dictara su secular busca del sol o del aire y la poda a la que hubieren sido sometidos con mayor o menor regularidad. También hay algarrobos aquí y allá y, ahora, adelfas blancas o rojas jalonando el camino; no es que éstas nacieran un día gracias a la sabiduría de la naturaleza, es que hace poco hice que las pusieran para tapar unos desagües que mandé construir de modo que las cañerías de la casa pudieran llegar hasta la nueva depuradora.
Ca'n Simó fue durante tantos años nuestro hogar de juegos y de fantasía, que quedó unido para siempre a nuestro recuerdo. Por eso, tras todo ese tiempo, he vuelto y he hecho construir, aprovechando las paredes del viejo torreón, la casa de la que tengo poca intención de marchar.
