III

En realidad, los veranos de ahora no difieren mucho de aquellos otros de antaño. El aire sigue siendo el mismo, el ritmo de la vida es aproximadamente igual, los vecinos y los habitantes esporádicos de Deià, más maduros tal vez, siguen pensando y obrando de semejante manera.

De entre la población permanente, es cierto que los viejos se han ido muriendo, de modo que parecería que Deià se rejuvenece paulatinamente. Pero es ésta una falsa impresión, nacida de que, poco a poco, mientras la ciudadanía deiana propiamente dicha se reduce, van siendo más los veraneantes (de los que chiquillería y juventud son mayoría) que pasan temporadas y más los extranjeros (sobre todo alemanes, que parece que no hay otra cosa en Europa) que, habiendo comprado casas, se han instalado en el villorrio o en sus aledaños. También acuden en mayor número quienes pasan de visita, escudriñando curiosamente el interior claroscuro de los patios o los semblantes de los otros transeúntes, por si se tratara de alguna celebridad de la música, las letras o las artes. Y los forasteros que viven en el pueblo, tal vez ensoberbecidos por la leyenda intelectual de que está adornado el lugar, adoptan con intensidad algo teatral el gesto adusto de quienes, sabiéndose depositarios de algún secreto mirífico o de una tradición sagrada, han aceptado el papel de vestales y sacerdotes con los que los ha uncido la tradición. Viven cada momento con la seriedad de quien interpreta un rol trascendental en un espectáculo olímpico del que sólo son partícipes unos pocos privilegiados.

Todo forma así parte del escenario en el que se desarrolla la apacible vida de Deià; una vida en la que las pasiones son más bien pueblerinas, es decir, limitadas, aunque las dignifique el nivel humano que adquieren las tragedias.



14 из 193