
El ritmo de las horas, el transcurso de los días, la evolución de las historias familiares, de las peleas y alianzas, sigue siendo el mismo de siempre, el mismo de mi niñez, de mi adolescencia y de mi juventud. La sangre casi nunca llega al río y las pasiones, al final, siempre se ajustan a la pauta superficial de la rutina.
Hasta la extraña melancolía del final de temporada, hecha de añoranza y de la luz amarillenta de septiembre, se repite cada año sin sustancial alteración, hoy como ayer.
Es un sentimiento discreto este de la despedida y así lo recuerdo ahora, sabiendo que entonces lo experimentaba sin acertar a explicármelo. Concluido nuestro veraneo, nos íbamos de regreso a Madrid y eso era todo, porque indefectiblemente al año siguiente llegaríamos de nuevo en los primeros días de julio y reemprenderíamos nuestras aventuras, nuestras amistades y nuestros rencores, y luego nuestros amores (los que hubiéramos osado), allí donde los habíamos dejado unos meses antes.
Con la única diferencia de que, sin saberlo, habríamos cambiado nuevamente.
En verano vivíamos en la parte alta de Son Beltrán, una posesión que está directamente encima de Ca'n Simó, al otro lado de la carretera, hacia el monte, en una casa grande de dos plantas y varias habitaciones. Nunca fue soporte de historias, fantasías o peligros imaginarios o románticos y, por eso, no guardo de ella más recuerdo que el puramente utilitario del aposento.
