
La casa tenía un porche cubierto en el que nuestro padre pasaba muchas horas leyendo o charlando al caer la tarde con el párroco o el alcalde, con el canónigo de la catedral capitalina, con amigos de Palma o conocidos de Deià. Alguna vez, muy de tarde en tarde, acudía brevemente Robert Graves, el poeta de la melena blanca y los ojos profundos. Se sentaba, tomaba un poco de queso, unas cuantas aceitunas y un vaso de vino, hablaba de esto o aquello (en mal castellano, del que sólo chapurreaba algunas palabras con el abominable acento propio de los ingleses), saludaba y se marchaba. Iba camino del baño cotidiano o de vuelta de él; siempre lo tomaba en Es Canyeret, la diminuta cala en cuyo escar guardábamos la barca de remos y de cuyas rocas él recogía la sal depositada por la marea. Decía que era muy sano hacerlo y cocinar después con ella. Pero ni de Graves tengo un recuerdo muy preciso. Era uno de los mayores habituales que iba y venía sin que a nosotros nos afectaran sus libros, las gentes que lo visitaban, los amores que luego supimos que tenía. Sólo más tarde, cuando la televisión inglesa emitió la serie de Yo, Claudio, nos dimos cuenta de que era todo un personaje. Mi padre me dijo luego una vez que Graves era un hombre grande, un sabio y un poeta; me explicó que sus poemas de guerra y de trincheras eran tan tristes que hacían abominar de la suerte del soldado por más que a veces las batallas fueran inevitables. Nunca olvidé aquellas palabras y nunca fue necesario que las repitiera (él jamás repetía las cosas) para que a partir de entonces los temas militares provocaran en mí una repugnancia instintiva, aun antes de haber leído los versos de Graves.
