En la casa de Son Beltrán cabíamos no muy holgadamente, además de mis padres, Pepi la cocinera, las dos doncellas y todos los hermanos. Por ser yo el mayor, sólo compartía cuarto con Javier, que era el que me seguía en edad. Los otro cuatro varones, Pepe, Luisete, Chusmo y Juanito, se amontonaban en un dormitorio pequeño en camas superpuestas de dos en dos. Sonia, nuestra hermana de en medio, por ser mujer, tenía derecho a vivir y dormir sola; lo que no la libraba de todas las perrerías singularmente crueles que le infligíamos los hermanos. En realidad no hacíamos más que repetir el arreglo que teníamos en Madrid durante el invierno.

Hace muchos años, había que vernos, llegábamos a Deià a finales de junio para empezar así un veraneo que duraba, entre unas cosas y otras, algo más de tres meses.

Embarcábamos en Valencia después de llegar a ésta en tren, y nuestra entrada en Deià, parecida a lo que yo imaginaba sería la del maharajá de Kapurthala, producía verdadera expectación en el pueblo, por más que los vecinos se cuidaran de que no lo advirtiéramos. Los taxis tomados en el puerto de Palma por toda la familia, con excepción de nuestro padre (que viajaba un mes más tarde, sin duda para ahorrarse el bochorno, hasta terminar el periplo en un automóvil que invernaba en un garaje de Palma y que mi madre conducía cuando no estaba él), acarreaban baúles, maletas, fardos, mochilas llenas de libros de estudio que teníamos que repasar y que evitaríamos abrir hasta el último momento, flotadores, sombrillas y otras cosas de similar inutilidad. Yo sobre todo no entendía que las sombrillas tuvieran que hacer el viaje a Madrid terminado el verano para regresar nueve meses más tarde a Dei sin haber sido abiertas siquiera una vez para comprobar los efectos del traidor paso de las polillas y del óxido.



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