Sonia, que de pequeña era la más pudorosa, solía quejarse de tanto trajín. «¡Mamá! -exclamaba cuando los taxis coronaban penosamente la cuesta que acababa en el lavadero público a la entrada del pueblo-, ¿siempre tenemos que llegar como un circo? De veras, mamá, que nos miran como si fuéramos marcianos, buf.» Y torcía el gesto con disgusto, tapándose el semblante para no ser vista, mientras nuestra madre sonreía sin hacerle caso, con el aire ausente y distraído que ponía siempre ante nuestras quejas o, todo lo más, la recriminaba secamente por haber empleado una palabra malsonante y poco propia de una señorita de buena familia.

Para entonces, la discusión me había dejado completamente indiferente. Ni siquiera la oía. Andaba mi ánimo empeñado en otras cosas: desde horas antes había ido anticipándome cada vez con mayor intensidad a las emociones de la llegada y esperaba con impaciencia el momento en que, alcanzado por fin el villorrio, comprobaría que todo estaba en su sitio, que nada fundamental había cambiado de un año para otro, como si tal cosa fuera posible en Deià. Escudriñaría cada metro del paisaje que desfilaba ante mis narices pegadas al cristal de la ventanilla trasera izquierda del taxi. Siempre reclamaba para mí el asiento trasero izquierdo, para así empezar a divisar el pueblo desde la revuelta alta de la carretera. Anotaría en mi memoria la más mínima alteración, el más insignificante añadido o sustracción en los ladrillos, en los tejados, en las gentes, en la vegetación. Si algo faltaba o sobraba, lo percibía al instante y lo archivaba en el magín para investigar, en cuanto tuviera tiempo, la razón de la diferencia. Sólo así recuperaría mi mundo como lo había dejado y sería capaz de retomar mis aventuras en el mismo punto en que habían quedado casi un año atrás.



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