
Ahí estarían según llegáramos; unos se asomarían a la ventana de sus casas, otros bajarían en tromba por los caminos que desembocaban en la carretera, otros se encaramarían a algún margés desde el que divisar el paso de la caravana. Sólo Marga estaría en la carretera, a la salida del pueblo, siempre en el mismo sitio, mirándome muy seria cuando el taxi se cruzara con ella.
Otros personajes no menos importantes tenían que desfilar ante mis ojos para que yo pudiera concluir de encajar todas las piezas.
Debería de estar Margarita, dueña de la tienda universal de Deià, gritona, obesa y antipática, que nos tenía a todos aterrados, incluyendo al propio marido, el pobre, al que ensordecía a gritos y órdenes destempladas. Nos miraría con mal humor desde su puesto de observación a la entrada del Clot, pensando sin duda que ya nos pillaría cuando fuéramos a comprar caramelos, pipas o las ensaimadas para el desayuno.
Estaría don Pedro, el joven párroco, que en aquellos años aún vestía sotana, raída y siempre limpia; las tías de Juan y de Marga lo tenían como los chorros del oro. Don Pedro habría bajado a la carretera para vernos pasar y saludar a mi madre con el gesto de sorpresa de quien se encuentra en un lugar por casualidad y topa con un conocido al que no ve de antiguo, pero lo haría con obsequiosidad algo solemne y un vago gesto de bienvenida, mitad bendición, mitad admonición. No sé qué edad tendría; se me antojaba que mucha, pero no pasaría de los treinta y cinco o treinta y seis años.
