Me tiraba de las orejas después de misa los domingos. Siempre lo hacía sonriendo para quitarle animosidad al gesto. No perdonaba una fiesta de guardar con la excusa de que yo andaba perdido en las musarañas. Y así nos tiranizaba a todos los hermanos, sospecho que con la complicidad de nuestra madre. Había encontrado en nosotros una comodísima cantera de monaguillos y no se le ocurría modo mejor de mantenerla a raya. El resto de la pandilla ponía siempre a tiempo pies en polvorosa y luego todos se reían de nosotros por madrileños novatos.

En los primeros días del verano, su regañina siempre empezaba porque, entre misa y misa, me salía de la iglesia y, por pasar el rato, tras sentarme en el murete que la rodea y que se asoma al valle desde lo alto de la colina, me distraía leyendo tebeos de hazañas bélicas, del mago Mandrake o del Enmascarado. Don Pedro, que al principio me sorprendía acercándoseme de puntillas por la espalda, estaba convencido de que me detenía con excesivo y doloso cuidado en las viñetas en las que figuraban heroínas que los dibujantes habían pintado con formas exageradas. Aquellas redondeces exuberantes eran, me parece ahora, más fruto del apresuramiento del artista (o de sus propias pesadillas) que de un deseo de provocar en sus lectores sentimientos de lascivia. Pero era cierto, claro está, que en los años adolescentes yo hacía lo que podía por satisfacer la curiosidad que despertaba en mí el instinto.

«¿Qué andas mirando?», susurraría teatralmente don Pedro, agarrándome una oreja y sacudiéndome por ella. Y yo haría una confesión instintiva de culpa pasando la hoja con rapidez mientras giraba la cabeza en dirección al tirón de oreja por evitarme el dolor que me producían los dedos de don Pedro.

Al segundo domingo, recordada la lección, me iba más lejos, a la plazoleta trasera, lugar al que le resultaba más complicado seguirme.



20 из 193