
Cada uno de mis hermanos, salvo Sonia, fue sometido al mismo castigo un año tras otro. Pero, en el fondo, volver a ver al párroco al principio de cada verano era como reafirmar que estábamos vivos y dispuestos para la lucha por la libertad. Y, andando el tiempo, por el tabaco.
Sin embargo, la prueba de que todo estaba realmente en orden en aquellas llegadas al veraneo era concluyente si al borde de la carretera esperaba Vicente, el cabo de la Guardia Civil que, observándonos con imperiosa severidad, se balancearía sobre sus botines (en los años cincuenta, las cosas habían cambiado mucho y Vicente, en los días en que no tenía que moverse del pueblo, prescindía de los leguis y llevaba botines encerados) y tendría las manos prendidas en el lustroso doble correaje del uniforme. Bajo su tricornio reluciente, encajado hasta las espesas cejas negras, brillarían los ojillos pardos mirándonos atentamente; las puntas del fiero bigote, embetunadas y enrolladas por pulgar e índice hacia lo alto, darían, como siempre, la impresión de estar a punto de asaetear los mismísimos ojos de su dueño, tan rígidas las mantenía el cuidadoso aseo diario.
En aquellos años de infancia, Vicente nos infundía santo pavor. Es curioso que ahora recuerde su estampa de entonces como la de un tipo entrañable, cazurro y bonachón, hecho de pan ácimo y olivas, una verdadera caricatura a lo Bizet, no muy grande, pero ciertamente sólido.
