
Imponía Vicente en el pueblo su particular noción del orden público, a caballo entre lo justiciero y lo moral. Dirimía disputas, castigaba a novios que se hubieran hurtado un beso furtivo y les pedía la cumentación para tenerlos registrados en caso de que fueran reos de ulteriores desmanes, perseguía con ferocidad a los infractores de cualquier cosa y mantenía a raya a la chiquillería. Todo lo hacía con igual intensidad.
Hubo una vez en que fue a quejarse a Robert Graves porque un recién llegado a Deià, un americano que, de paso para el Nepal, había decidido quedarse un tiempo, leía demasiado. Pecado sin duda tolerable en un excéntrico como Graves que, por añadidura, llevaba leyendo en el pueblo toda la vida, pero de todo punto censurable en un forasté. Los forasteros, por razones que desconozco, tienen muchas culpas que expiar en Mallorca.
En otra ocasión, regresando de noche desde Valldemossa, mi padre, que iba al volante de un Pato Citroen, un famoso 15 ligero que teníamos entonces y que luego sustituyó a finales de los años cincuenta por un Opel Kapitan (y de la parte delantera de cuyo asiento trasero izquierdo sobresalía el molesto extremo de un muelle que se me clavaba siempre en la pantorrilla), casi chocó en una curva con un coche cuyo dueño, francés a juzgar por la matrícula, había aparcado olvidando encender las luces de posición.
