Nos dimos un susto de muerte. Mi padre, lo nunca oído, soltó una palabrota. Aún recuerdo aterrado que exclamó «¡carajo!». Después, recuperada la calma, prosiguió impertérrito el camino (pasé muchos años intentando imitar aquella capacidad de mi padre de mantener la imperturbabilidad: me parecía que sólo así se demostraba madurez). Al llegar a Deià detuvo el automóvil frente a la pensión y miró hacia donde Vicente fumaba, después de cenar, su Farias cotidiano.

– Cabo -dijo.

– Diga usted, don Javier -contestó Vicente.

– Hemos estado a punto de matarnos contra un coche aparcado allá atrás, a un par de kilómetros, un poco más acá de Son Galceran, con las luces apagadas. La matrícula es francesa.

– Vaya, hombre, don Javier. Estos forastés siempre jodiendo. Se creen que estamos en un país libre, ¿no? Ahora me acerco.

Mi padre sacudió la cabeza para no tener que responder a la humorada involuntaria de Vicente y todo siguió como si tal cosa. Un intercambio así era típico de ambos: los silencios y sobreentendidos de sus conversaciones de verano se convertían de este modo en el puente con el que salvaban el abismo de sus respectivas culturas y, naturalmente, de sus opiniones políticas.

Mi padre siempre decía «yo soy de Marañón». Aludía así al único liberal reconocible (y aceptado por el establishment) de los que se habían quedado en la España de Franco: el célebre endocrinólogo e intelectual Gregorio Marañón, y con ello reafirmaba sus propias convicciones liberales, por supuesto radicales y anticlericales, y su republicanismo de fondo. Así se hacía en la buena sociedad madrileña. Aunque persona de orden (que era como se las describía entonces), jamás se había identificado con las derechas y al final de la guerra civil incluso estuvo en un tris de que lo fusilaran. Sólo lo había salvado su noviazgo con mi madre, que era hija de un gobernador civil adicto al régimen.



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