
Iba siempre de gris, menos el tiempo en que llevó luto por la muerte de su padre: aún lo recuerdo, enfundado en un traje cruzado completamente negro que fue su uniforme durante más de un año. Y todavía durante dos años más llevó corbata negra y una banda del mismo color en la manga izquierda de la chaqueta. En mi casa, las formas se respetaban a rajatabla. Mi padre no admitía discusión sobre ello ni sobre lo que constituía su voluntad y mi madre le apoyaba siempre tímidamente pero con firmeza. Una vez, papá me dijo en tono de broma: «Yo soy de Marañón, pero no olvides que libertad no es libertinaje y que lo mío es despotismo ilustrado. De modo que disponte a leer el Quijote.»
Nunca tuve una relación íntima con él. Jamás me dio un beso; sólo un apretón de manos en los momentos solemnes. Él, desde luego, no consideraba necesarias las efusiones o, creo, la relación cercana, igual que no consideraba conveniente el intercambio de opiniones entre un padre y un hijo; era impensable que un hijo llegara a ganar una discusión a un padre porque éste no estaba para discutir y titubear sino para marcar el camino. Jamás fui consultado, por ejemplo, sobre la carrera que estudiaría: yo era el mayor y yo sería quien heredara el bufete. Fue un sobreentendido desde antes de que acabara el bachillerato. Cuando estrenó el nuevo despacho en la calle de Velázquez de Madrid me llevó de oficina en oficina, de biblioteca en biblioteca (de horrorosas y labradas y oscuras maderas), diciendo: «Pronto todo esto será tuyo, Borja.»
Sólo la pleitesía rendida al mundo de la cultura, del que era paladín y mecenas, hizo que le resultara aceptable la carrera de concertista emprendida por mi hermano Javier. Y eso, sólo cuando comprobó su asombroso virtuosismo con el piano.
Esta forma de ser tal vez explique mejor que mil palabras la relación entre mi padre y el cabo de la Guardia Civil de Deià: se sustentaba sólo en la severidad y en el silencio, que alentaban un curioso respeto mutuo.
