
Vicente. Hoy está más cascado y ha dejado de fumar. Pero las guías del bigote siguen apuntando hacia lo alto, bien embetunadas y enrolladas. Dicen que un día, no hace mucho, el Rey pasó por el pueblo y, viendo a Vicente, detuvo el automóvil y le hizo señas de que se le acercara. Vicente, que se había puesto en posición rígida de saludo, acudió corriendo hacia el coche sin bajar la mano derecha de la sien. Sonreía anchamente. Nunca nadie en el pueblo le había visto sonreír con anterioridad.
– ¡A las órdenes de vuestra majestad, sin novedad en el puesto! -exclamó, jadeando un poco.
El Rey lo miró muy serio.
– ¿Qué hay?
– ¡Sin novedad en el puesto, majestad!
– Oye -dijo el Rey.
– ¡A las órdenes de vuestra majestad!
– ¿Usas betún para el bigote?
– ¡A las órdenes de vuestra majestad!
– Pues ten cuidado no te vayas a pinchar en un ojo, tú… Pero sigue así. Así tiene que ser.
Nuestro Hércules Poirot quedó tan entusiasmado que le costó gran trabajo volver a emprender sus tareas de protección y vigilancia con la misma seriedad de antaño. Y es que la sonrisa tardó días en borrársele.
IV
El 4 de enero pasado fue el día escogido por Juan para darme la bienvenida colectiva y oficial.
El hijo pródigo había vuelto a casa y, perdonadas sus culpas, sería admitido nuevamente en el círculo raro, restringido, irrompible y un poco agobiante de lo que Marga describía como una pandilla veraniega trasnochada. En ocasiones como ésta es preciso pagar un precio y agotar una espera. En el carácter de las cosas está que el protagonista desconozca la cuantía de la penitencia y el ritmo de la demora. En mi caso había sido un mes, que yo había aguardado desde mi regreso a Ca'n Simó sin dar señales de impaciencia o hacer gesto alguno que denotara deseo de reconocimiento. Ya me llegaría la hora.
