Eran momentos delicados en España. Franco había muerto un año antes y las cosas en Madrid estaban complicadas. Tras mi regreso definitivo de Londres me resultaba más conveniente restablecerme en Deià antes que en Madrid y supervisar el bufete desde allí. Había trabajado mucho en los años anteriores y, dejada la dirección del despacho en manos de uno de mis colaboradores, me disponía a empezar un año sabático o, lo que es lo mismo, me disponía a verlas venir.

Por lo tanto, mientras llegaba el tiempo de que mis viejos amigos mallorquines me acogieran de forma colectiva, me limité a llamar a casi todos uno a uno, a verlos por separado o agrupados, pero respetando siempre el hecho de que el viejo círculo aún no se había reunido de modo formal.

Bien mirado, sólo Andresito, con la nobleza de sus sentimientos a flor de piel, y Jaume, con su ironía escéptica y burlona, habían sido capaces de reanudar nuestras relaciones como si nada, ni siquiera el tiempo, hubiera pasado. Llamé; sabiéndolo, a uno y a otro al llegar y ambos acudieron inmediatamente a verme y a beber una botella de vino conmigo. Entonces, Andresito aún bebía, el día que deje de beber cerrarán dos o tres bodegas, solía decir; ahora lo ha hecho y dice que se encuentra mejor.

Siempre me había parecido que a Jaume, que despreciaba inteligentemente a la sociedad local, le resultaba divertido ver que un forastero la fustigaba -aunque fuera con un escándalo, y bien superficial que había resultado éste-. A Andresito, por su parte, le era simplemente imposible ser crítico con sus amigos. Volverlos a ver, igual que a Juan, mi cuñado, no había equivalido a un regreso porque de ellos nunca me fui.

Eran los demás los que debían pasarme la factura. Sabía que a Juan le tocaba oficiar de sumo sacerdote de una primera ceremonia que, sin ser la más importante desde el punto de vista social o desde el del número de asistentes, era la de mayor regusto sentimental. Tendría por fuerza lugar en la casa de Selva, lo que le prestaría un sabor agridulce que me divertía, claro, pero que al tiempo me resultaba cargado de añoranzas. Al fin y al cabo, la casa de Selva era la casa de Selva para Marga y para mí, llena de dolor y recuerdos.



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